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Citerón es el monte, o la cadena montañosa, donde Edipo fue abandonado por su padre al nacer para evitar que se cumpliera el oráculo terrible que le condenaba a cometer parricidio e incesto.

A pesar de las precauciones, Edipo cumplió su destino y legó a la historia del arte, a la mitología y al psicoanálisis una serie de catástrofes que han sido utilizadas hasta el hartazgo como ejemplos moralizantes y aleccionadores. Más allá de estos usos, volviendo a la parte biográfica, Citerón es el sitio de la pre-tragedia, el lugar donde el niño sentenciado crece junto a unos pastores desconociendo su futuro de crímenes y castigos. Citerón es la posibilidad latente de la tragedia, y la confirmación de que ésta es inevitable.

 

Cada una de las imágenes de esta serie llevan por título esta palabra, Citerón, único apunte referencial por parte de la artista. Puede que a algunos se les escape el alcance exacto del término -y la fatalidad de Edipo, y toda la mitología clásica-, pero frente a estas fotografías hay algo de aquel espíritu griego que se actualiza y revive, tal vez para demostrar la pertinencia eterna de esos magníficos, antiguos relatos que desde el principio de los tiempos organizan la vida de los mortales. Las fotos de Ixone desbordan horror sin ser en absoluto horrorosas (para eso basta con la realidad).


En las imágenes, procesadas digitalmente, un oscuro sentido de la belleza golpea sin piedad al espectador que se afana por comprender pequeños sucesos inexplicables. Es el cuerpo de la propia Ixone el que aparece desdoblado, protagonizando escenas derivadas de sus miedos y preocupaciones: vuelca sus experiencias personales de sufrimiento convirtiéndose a sí misma en alimento para la ficción. La artista se muestra siendo llevada de los pelos por una calle arbolada; durmiendo en posición fetal y con fondo palaciego; semidesnuda, rodeada de nichos mortuorios; llorando y con vestido blanco en medio de un paisaje brumoso...

 

El contraste entre las figuras y los fondos remite a la artificialidad del teatro y acentúa el poder dramático de las escenas, su carácter hipotético e inquietante. Sumergida en su propio Citerón, Ixone Sadaba convive con el eco de pasados y futuros gritos de dolor, con la posibilidad siempre vigente de que en cualquier momento sobrevenga la desgracia.